LOGOTIPO

Cuatro cosas sobre el logotipo de ODAS. Aquí, como en cualquier otra estrategia comunicativa, todo es lo que parece; si bien la dificultad estriba en desentrañar toda la complejidad de la apariencia y así retornamos circularmente al punto de partida. Si todo consiste a la postre en un ejercicio retórico, si el peso de las cosas radica en el efecto que producen —sin ambages, que tienen—, el conflicto entre forma y contenido se desenmascara como un estéril rompedero de cabeza. Lo que sí que habrá que reconocer como factores determinantes de los discursos son dos cosas. En primer lugar, su carga de autoridad, su nivel de competencia, frente a aquellos otros que disputan el mismo nicho. También los discursos entienden de ecología. En segundo, el énfasis con el que éstos se plantean su naturaleza retórica: el flujo indistinto de la formacontenido. Se trata entonces de una cuestión que atañe a la conciencia del fondo último de la comunicación, más que a la pragmática de los mensajes, indiferenciada en cuanto a sus fines: persuadir. En este punto, la conciencia sobre la naturaleza precisa de la comunicación —del discurso— promueve el juego más serio que es posible emprender sobre el tablero del lenguaje.

Pero habrá que volver sobre los pasos: del tablero del lenguaje, al caballete del pintor o a la mesa de dibujo, si es que queda ya algo de ella. ¿O tal vez ni siquiera nos hemos movido? Otra vez al comienzo: el logotipo de ODAS. Y primero su faceta figurativa, icónica, que por haberse sometido a una estilización geométrica juega de mentiras a escamotearse al ojo. La figura es un telescopio orientado que se apuntala sobre la fábrica del observatorio; la figura es también una sinécdoque sólo a medias porque sus muros son ya observatorio ad lítteram. Pero no hay función icónica sin función simbólica, por eso el edificio representa igualmente lo que alberga: un determinado objetivo, un objeto de estudio concreto, un específico proceder. ODAS aspira a un rigor serio, aquel que sólo se adquiere tras sortear la mirada incauta, aquel que sabe que a la mirada debe seguir una remirada. Nunca debe olvidarse que en el telescopio siempre puede quedar alguna pestaña, y que la vocación científica nunca podrá dejar de ser problemática. Razón por la cual el estilizado telescopio de ODAS lleva pegado un sintético perfil ocular.

Como todo es lo que parece, conviene afinar las apariencias. Porque el telescopio no sólo es carcasa, plástico y metal, porque tiene muchas cosas dentro, el telescopio está siempre en gestación, dando forma sin cese. El conocimiento es siempre astronómico. Así también el ojo: preñado de humores y de imágenes cabeza abajo a montones. Porque el conocimiento tiene una vocación generadora tanto como acumulativa no puede romper amarras y trazar líneas rectas. El conocimiento sigue un decurso espiral que, tarde o temprano, de un modo u otro, lo lleva al origen nuevamente. Afelio, perihelio, órbitas elípticas que nunca se descentran del todo. De alguna manera, el conocimiento conserva una estima por el giro y la rotación, como el telescopio en la cápsula del observatorio y el ojo en sus dominios. Sólo en cada ciclo los acumuladores se disponen a plena carga y sólo así deviene la originalidad del conocimiento. También el telescopio de ODAS está cautivo de un giro perpetuo; no podría ser de otro modo. En cada rotación se pierde el metal y la apariencia, el óxido de los protocolos, la carnalidad de la mirada, la faceta icónica incluso, y todo para devenir símbolo: el telescopio convertido en una «A» invirtiéndose. En el origen todo es puesto patas arriba. ¿O es al revés, patas abajo?: el bóvido transformado en alfabeto. «A» de alfabeto, «A» de pensamiento, «A» de principio y de palabra, «A» de creación divina y humana, «A» de admiración y reverencia, «A» de arte, «A» de humilde poema visual, «¡Ah!» del ojo pasmado.